Mostrando entradas con la etiqueta Condición humana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Condición humana. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de mayo de 2012

Pero ¿quién lo sabe, realmente?

Hubo una temporada hace algunos años -entre 2001 y 2006, quizá- durante la cuál leí muchísimo (no como ahora, que no leo ni madres). Vaya, siempre he leído mucho (excepto ahora, que no leo ni madres) pero en esos años, especialmente, leí más. A veces hasta un libro a la semana. (Y no lo cuento por presumir, la lectura no hace mejor persona a nadie, aunque está claro que acumular conocimiento es mejor que acumular deudas o botellas vacías. Lo cuento, como todo en este blog, para auxiliar a mi memoria). Siempre en esa temporada leía alguna cosa de "cultura" (fuera divulgación científica, psicología, historia, antropología, economía o sociología) y, al mismo tiempo, algo de literatura. Ficción y no ficción, como lo clasificarían los gringos (pero ahora no sólo los gringos, sino todo el mundo, aunque no esté bien).


Entre los libros de "no ficción" que más recuerdo o intento recordar, están los de Malcolm Galdwell (principalmente "Blink") y otro llamado "Genoma" de un autor cuyo nombre no recuerdo y no me importa. "Blink" es una obra maravillosa que trata acerca de la inteligencia intuitiva, y de cómo la sobre-información puede ser bastante perjudicial porque nos lleva a darle importancia a cosas que no la tienen. Nuestro cerebro y sistema nervioso acumulan todo lo que nos ocurre y definen criterios de respuesta. Es decir, en el fondo "siempre sabemos" lo que nos conviene. Pero ese saber usa un lenguaje distinto al de nuestro raciocinio. Ese saber se manifiesta por medio de esa chispa inquietante pero certera que llamamos "olfato" o intuición. En fin, que la obra pretende invitarnos a confiar en nuestra intuición porque nuestra intuición es el compendio de toda nuestra experiencia y conoce las respuestas. Y además sabe manifestarse en dos segundos. Por último, la obra tiene el buen gusto de ir desarrollando esta idea con historias bastante entretenidas. 


¿A qué viene todo esto?- Pues a que quería abordar el eterno dilema que ahora me atañe, que me ha intrigado siempre pero ahora, con el bebé, me intriga un poco más .


¿Que es más determinante en la formación de la personalidad, la herencia genética o el ambiente en el que nos desarrollamos?. ¿Qué nos hace ser lo que somos y responder como respondemos y relacionarnos con nosotros y con los demás como lo hacemos?. ¿Se debe a cómo nos educan o es que "así nacimos"?. ¿Quién lo sabe realmente?


(Al mencionar el libro de Blink pretendía citar un capítulo acerca del tema, pero ya me acordé que no viene en ese libro. Y sobre "Genoma", confieso que algo mencionaba pero ya no me acuerdo de nada. Mñé.)


El asunto es que estos libros (pero seguramente miles más), concluyen que sobre este dilema no hay conclusión alguna. Ni la ciencia más avanzada ni la psicología más profunda han logrado decirnos en qué medida es la genética lo que define nuestra forma de ser, y en qué medida es el ambiente en el cuál nos desarrollamos. Y qué bueno que no logren hacerlo, me parece. Si lo hicieran la conducta humana dejaría de ser un misterio.


Y ese misterio es el que, repito, ahora me intriga. No es que me inquiete o preocupe, pero sí me intriga pensar en cómo se irá dibujando la personalidad de Nicolás y en qué medida su mamá y yo seremos responsables o causantes de ciertos rasgos y en qué medida no lo seremos en lo absoluto, porque muchas cosas muy de fondo estarán marcadas por su herencia genética. Ohpordios. Por último, he de agregar que, al conjunto de genes-ambiente, ha de sumarse una (casi), infinita serie de condicionantes para formar la conducta de una persona: factores socioeconómicos e históricos, corrientes de pensamiento y actitud generacionales, la conjunción de los astros y la voluntad de la divina providencia. Ah, y lo que esté ocurriendo en la isla de LOST.


(Hoy fui a correr después de meses y me puse muy jaip, por eso el post fue escrito con buen humor. Y con las patas)


Tan tan.

viernes, 30 de marzo de 2012

Nicolás

Y al final, como ocurre en el tipo de historias que nos gusta escuchar, todo salió bien. Aunque claro, este no es un final de una historia, sino su contrario. Es el inicio. El inicio de una vida.
Lo que terminó fue la espera, ese periodo de incertidumbre, que sin duda, muchas parejas disfrutarán. No nos ocurrió así a nosotros. Quizá sea por eso que en estos primeros días la emoción de conocer y estar con nuestro hijo ha sido sobrecogedora, abrumadora, total.
Ahora hace poco más de una semana que nació Nicolás y pareciera que ya hay material para contar decenas de historias. La experiencia de la cesárea, el momento en que nació y por fin  le conocimos, los dos días de hospital, nuestra primera noche con él, nuestras primeras angustias cuando una noche lloró durante horas por un cólico (que, desde luego, no supimos identificar). Nuestros primeros momentos de desesperación, nuestras caras de desvelados, el momento en que nos sonreímos satisfechos al descubrir que bañarlo era fácil. Las muchas veces en que, ya tan pronto, me ha hecho llorar porque sí, porque estoy conmovido. Porque  me asombra haberme convertido en padre. Porque esta emoción que siento es enorme y bella. Porque sin duda todo esto es una experiencia de amor, aunque a veces pienso que la palabra amor se queda corta para describir lo que he sentido, por él y por Alina, en tan pocos días. Y esto apenas es el inicio de una larga historia.


En la foto, Nicolás a los 3 días de nacido, tomando su primer baño de sol. Ternurita.



lunes, 19 de marzo de 2012

Némesis



A finales del año pasado el suplemento Babelia de El País, publicó su conteo de las mejores novelas del 2011. En segundo lugar, apenitas atrás de Los enamoramientos del insuperable Javier Marías, estaba Némesis, del norteamericano Phillip Roth. Ese fue el pretexto perfecto para leer a un autor que, desde hace mucho, me llamaba la atención leer.
No puedo decir que la prosa me haya fascinado (cosa que ocurre siempre con Marías), pero sí, en cambio, que el argumento es profundo y realista, doloroso y a la vez conmovedor. 
Un pueblo cualquiera de la Unión Americana es azotado por una epidemia de polio, al mismo tiempo que está transcurriendo la Segunda guerra mundial. La narración se centra en un hombre joven judío que está frustrado por no haber podido sumarse a filas. Este hombre es, además, huérfano y labora como entrenador deportivo de los niños que, prontamente son víctimas -y a su vez el centro- de la epidemia. En medio de tal situación, el hombre no puede hacer otra cosa que cuestionar a Dios, sus intenciones y su bondad. Sigue creyendo en él pero para odiarlo, para culparlo. Supongo que por eso la novela se llama como se llama. Hay una reflexión, cercana al final, acerca de la posición que ante las tragedias podemos asumir. En esta reflexión no se cuestiona a Dios, sino a la creencia o el tipo de creencia que podemos tener acerca de él. Tener una idea de un Dios que nos premia o castiga es infantil. Las cosas no pasan para satisfacernos. Ni lo contrario. Las tragedias le pasan a cualquiera y nadie de nosotros es tan especial como para que le ocurran en exclusiva, o con exclusiva insistencia. Esta parte final, en la que además la narración adquiere un ritmo más veloz, es la que más me ha gustado. Dudo que otros autores puedan tratar un tema tan espinoso como lo es la moralidad de Dios, de una forma tan íntima, certera, concisa y breve.
Por último pero de la mano, he pensado en lo afortunada que es la época que nos ha tocado vivir, lejos de esas epidemias y de la muerte constante, rodeándonos. Cada época tiene sus dificultades, sí, pero los sufrimiento de quienes vieron morir a su hijos o iguales por enfermedades espantosas como la polio o por la guerra, no creo que puedan comparare con los nuestros, los que estamos en perfecta salud, cómodamente escribiendo o leyendo esto frente a un monitor.

Etiquetas